Nadie nace para ser puta

Días intensos. Poco tiempo para hacer todo lo que quiero hacer.

Una improvisada parada en Madrid se convierte en el viaje que hará que ya sí me guste la capital.

Barcelona, vuelvo a tus calles y te siento como a una vieja amiga que tanto me ha hecho ser quien soy hoy, aun sin saber la altura a la que Balmes cruza con Aragón, pero sí poder revelar más de dos y tres rincones mágicos que hasta el más reputado director artístico envidiaría para su rodaje.

Reencuentros con personas que son, por sí mismos, motivo suficiente para haber regresado.

Aguas cristalinas del Maresme. Atardecer púrpura con olor a mar. Noche de luces de neón y ciudad que nunca duerme. Perdida, una más entre los cientos de calles, entre los miles de edificios, la inmensidad de la ciudad me reconforta recordándome lo pequeña que soy, lo pequeños que somos. Restando importancia a lo que no la tiene, y dándosela a la riqueza de mezclar nuestras vidas durante unos instantes que pronto se nos antojarán breves.

Llego a mi habitación. Saco mi dinero del sobre. Con él en la mano, me miro fijamente en el espejo. A mi mente viene la palabra. Mis ojos observan la totalidad de mi cara y, aún después de 4 años, me cuesta creerlo. Pero mi mente insiste, y le espeta a mi cara, silenciosamente, la frase: “Eres puta“. No es la primera vez que lo hace. En ocasiones, mi mente me sorprende con esta frase mientras me miro en el espejo, y todas las veces que lo hace, la reacción de extrañeza sigue siendo la misma que el primer día. Retiro los ojos del espejo y miro el dinero mientras por mi mente pasan, a gran velocidad, imágenes diversas: Barcelona; la brisa del mar en mi cara; las callejuelas del casco histórico; los transeúntes de cualquier zona del mundo; los continuos debates en Twitter entre abolicionistas y compañeras defensoras de la prostitución; la lucha diaria de quienes dan la cara; mi admiración hacia ellas; Madrid; aquel momento con mi cliente que me hace sonreír; la complicidad con aquel otro que hace que ya tenga ganas de verlo de nuevo; las anécdotas y bromas que pudimos contar en aquel interminable viaje por la Nacional, persiguiendo con resignación a la ristra de camiones a 70km/hora, bajo un abrasador sol estival que habría achicharrado al mismo Don Quijote; Ibiza; las copas que tomamos juntos aquel atardecer en el mar; la fina arena bajo mis pies; Andorra; una canción que ya siempre estará en mis mejores recuerdos; un viaje entre bellos y antiguos bosques; Marbella; el mejor sushi que he probado; situaciones que nunca habría podido vivir de no ser por haber compartido mi tiempo con personas tan diferentes a mí; Granada; el hombre del acordeón, cuyas notas me acompañan al  salir del hotel, como recibiéndome con su agradable toque de melancolía; todos los sueños cumplidos y la esperanza de aquellos que me quedan por cumplir; mi cara cuando era niña y jamás imaginaba que de mayor sería prostituta.
En ese momento, viene a mi mente otra frase. Me miro al espejo de nuevo, y mi mente le repite la frase a mi cara, como si, de repente, por fin lo hubiese comprendido todo y se lo quisiese hacer saber cuanto antes: 

Naciste para ser puta.